Diario de un secuestro: El cuarteto de Alejandría

Capítulo I. Reflexiones literarias desde mi casa

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con la familia en casa

Llevo cinco días confinado con mi familia en casa y parece una eternidad. El tiempo pasa despacio, cansino. La saturación de programas informativos por el coronavirus golpea mis sienes, y mi mente parece cada vez más atribulada, confusa, desquiciada. Números de contagiados, de muertos; por países, continentes; curvas de crecimientos de los decesos, anuncios de medidas irracionales según el gobierno incompetente de turno.

Una música machacona y desesperante que provoca un hormigueo opaco, desde primera hora de la mañana. Los días son casi idénticos, salvo por las terribles cifras que nos zarandean diariamente.

Hoy es diferente, sin embargo. No sé por qué, pero el otro día me levanté con ganas de hojear El cuarteto de Alejandría, una obra de cuatro tomos que devoré con ansiedad en mi época universitaria. Curiosamente no tenía ninguno de los ejemplares en mi librería (no dejéis libros, es un consejo) y de forma compulsiva los pedí por Internet a la Casa del Libro que me los sirvió muy rápidamente. Me sorprendió, ya que me habían dicho que Amazon estaba colapsado y tardaba semanas en realizar las entregas.

Con solo tener en mis manos el estuche con las cuatro novelas, Justine, Balthazar, Mountolive y Clea, me transporté a otra época. Me sentí un poco como si estuviese en la Alejandría previa a la Segunda Guerra Mundial que tan sabiamente retrató Lawrence Durrell. Leí la solapilla y me animé un poco; para celebrarlo decidí cambiar la rutina de ese día. «Hoy no comemos en el sofá cualquier cosa viendo la tele o peleándonos por escoger una película de Netflix o HBO», me dije con pretendida autoridad.

El pollo asado perfecto… por fin

En un arranque de audacia decido acometer el tremendo reto de asar un pollo, y digo reto porque en esta tarea se cuentan más mis fracasos que mis éxitos, y el jurado no es especialmente benigno. Todavía resuenan las críticas de unos meses atrás cuando traté de replicar una receta del pizpireto chef Chicote, Pollo Asado con cítricos, que aunque tenía muy buena pinta y fue muy entretenido cocinarlo, concluyó con un resultado muy desalentador.

Pero esta vez me concentré y copiando una receta de El Español que titulaba ‘Como hacer el pollo al horno perfecto, que vi en Internet, y ejecutándola casi a rajatabla, tuvo un desenlace como tan pomposamente anunciaba el diario digital de Pedro J. Ramírez.

La dinámica familiar cambió cuando pusimos mantel, platos y copas de domingo, una buena ensalada y descorchamos un vino de Rioja más que decente. De postre unas fresas con nata y aunque era martes, todos acabamos muy animados, parecía un día festivo.

Inicio la lectura con expectación

La ciudad de Alejandría, situada en el extremo occidental del Delta del Nilo

Tal fue el éxito culinario que fui eximido de fregar los platos. Sí, tengo que reconocer que la Ley de Murphy’ se ha cebado con nosotros, ¡el lavavajillas se ha roto! Así que me atrincheré en un cuarto lejano a la televisión donde las chicas discutían acaloradamente por poner una película de terror de serie B, y con un ‘nespresso’ humeante me zambullí a leer Justine.

Fragmentos de un párrafo definitorio de lo que me espera. «¿Qué es Alejandría? (…) Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones; el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta, más allá de la escollera. Pero hay más de cinco sexos y solo el griego del pueblo parece capaz de distinguirlos. La mercadería sexual al alcance de la mano es desconcertante por su variedad y profusión. Es imposible confundir Alejandría con un lugar placentero. Los amantes simbólicos del mundo helénico son sustituidos por algo distinto, algo sutilmente andrógino, vuelto sobre sí mismo».

Y me sumerjo en la atmósfera densa y pegajosa que retrata a la perfección Durrell, en sus extrañas piruetas y giros de sus torturados personajes, pero siempre como principal protagonista Alejandría, la inquietante ciudad egipcia, y que tan bien describió su histórica biblioteca el director español Alejandro Amenábar en la película ‘Ágora’, de 2009, con la que consiguió 7 Goyas.

Pero la vida no es perfecta y en la página 94, en lo más interesante, cuando el narrador lee un librillo de notas con el pasado de la misteriosa Justine que desvela algunos de sus secretos, una renacuaja de 2 años, que atiende por Anne, se lanza en tromba en el sillón y da fin a la placentera lectura.

Vuelta a la realidad

Las obligaciones más prosaicas se convierten en obligación. Mi adolescente hija Eloísa me cuenta los pormenores de las clases on line de formulación inorgánica que hemos contratado como refuerzo. Hablo con compañeros de redacción planificando nuevos temas en un entorno tan limitado para una revista de planes y ocio. Contesto correos y miro el whatsapp de forma compulsiva y por fin recibo uno. No son buenas noticias, todo lo contrario. El padre de mi amiga Cristina ha muerto por el coronavirus. Que tristeza para los familiares no poder velar ni despedir de la forma correcta a sus muertos.

Es de noche y, tras tan mala nueva, miro, sin mirar, desde mi vivienda el horizonte. Diviso un coche de metro ligero fantasmal, sin ni una sola persona. Luego otro igual. El parque desierto solo se quiebra por el débil ladrido de un perro canijo. Hay cierta humedad en el ambiente y rememoro una frase premonitoria que acabo de leer en Justine, «La ciudad es la que debe ser juzgada, aunque seamos sus hijos quienes paguemos el precio».