Manteros, por favor, no me molestéis en la playa

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top manta playa

La vida es complicada. Todo el mundo tiene problemas y los momentos dulces quizás son menores que los amargos. Problemas familiares, laborales, económicos, sentimentales, son constantes a lo largo de nuestra existencia. Cada uno tiene derecho a ser más o menos solidario en la medida de su conciencia o de su situación determinada. Nadie puede exigirnos por decreto que actuemos según sus pensamientos y, por supuesto, los políticos los que menos.

Y si en algún punto están de acuerdo todos los psicólogos y expertos en la mente es que el ser humano necesita relajarse, aislarse de la cotidianidad, de los problemas que tenemos y de los que pensamos que tendremos; vaya, lo que coloquialmente denominamos desconectar.

Las vacaciones son el momento propicio. Debemos aflojar con el móvil, con Internet, con el trabajo, si nos dejan, claro. La playa es lugar y hora para disfrutar con los nuestros. Un rayo de sol, la brisa marina, el agua salina refrescante, las conversaciones con una cadencia y un tono más suave… en fin, ya sabemos que no todo es tan idílico. Nos quemamos, la playa está atestada, la paella del chiringuito es un desastre, los niños se ponen pesados o el coche está ardiendo cuando volvemos. Son las reglas del juego y las aceptamos de buen grado. Lo que ya no nos gusta es que en esos momentos de placidez, a cada momento venga un curioso subsahariano con veinte sombreros superpuestos en la cabeza y multitud de vestidos o un vendedor de bebidas ilegales importunándote, insistiendo, atosigándote para que le compres algo, casi siempre apelando a tu humanidad.

Entonces recuerdo con nostalgia cuando en esos instantes de relax eras tú el que abrías los ojos cuando escuchabas al barquillero o al heladero de Camy decir «Hay bombón helado» y tú le llamabas, y el venía. Nadie invadía tu espacio, todo lo contrario, te daban un servicio que recibías agradecido.

No es justo, no quiero pensar, no quiero estar, quiero flotar, volar. No os preocupéis, a la hora del paseo vespertino ya os compraré una pulsera, un collar, un pareo o lo que sea que volverá al baúl de los recuerdos en cuanto regrese de las vacaciones.

Solo os pido, por favor, que no me molestéis cada diez minutos mientras estoy en la playa.